lunes, 10 de mayo de 2021

Todo lo que sientes es tranquilidad

En memoria de Tritt.


Pese a que eran casi las dos de la mañana, el calor no se iba del departamento. Las ventanas abiertas dejaban entrar una brisa que me botaba las cenizas del tabaco mientras, al lado, tenía una botella abierta de Aperol. Los hielos dentro del vaso se habían derretido a tal punto que tenían un color rosa, dándole aspecto de vino aguado.

Por más que miraba el cursor parpadeante, las palabras no salían. Los tres gatos detrás de mí parecían totalmente ajenos a mi percance literario, hundidos en los marcados agujeros del sillón. De vez en cuando escuchaba los murciélagos chillar en las afueras, tal como se oirían si fueran ratas aladas. Alguno que otro sonido ajeno me inquietaba, sobre todo a sabiendas que estaba por mi cuenta, solo con el notebook y los zancudos.

Había pasado poco más de una hora desde que los efectos de los hongos habían terminado. Le di una calada al tabaco y un sorbo amargo de Aperol que parecía una Bilz desvanecida. Mientras recordaba haber ido al baño, haberme mirado en el espejo y, reflejándose, una oscura sombra sonriente me devolvía una mirada que no tenía en dónde fijar; las luces apagadas contribuyeron a intensificar la imagen.

Seguí contemplando la noche, tabaco tras tabaco, en silencio. Un gato maúlla al estirarse y va a mascar su comida a la logia. Sigo contemplando, pensando que en unas horas más debía ir a trabajar. Un murciélago se agarra del marco de la ventana con las patas hacia arriba, retorciendo la cabeza hasta quedar cómodo; lo observo por un largo rato. La ceniza vuelve a desprenderse sola del tabaco. El murciélago sigue ahí.

No tardé en encontrarme bajando las esca-leras. Los gatos harían algo con el bicho, además, nunca se sabe si pueden traer rabia. No es un proceso muy amigable contraerla.

Salgo a buscar una botillería. Al salir, un pastero se me acerca a paso firme.

-Suelta el celu wacho conchatumare –dice con determinación.

-Ando sin celular.

-Pasa las tillas’ –continúa, blandiendo el cuchillo frente de mí.

-Ando con chalas.

-Dame al toque lo que tengai’ en los bolsillos.

-Ando con las llaves.

-¿Del auto? –pregunta, impacientándose–. Suelta las llaves wacho culiao’.

-Son del candado de la bicicleta.

-¡Suelta la cleta’ chuchatumare! –grita, acercándose más.

-Ando a pata.

-¿A qué chucha saliste perkin conchatumare? –dice rendido el pastero, guardando la cuchilla.

-Voy a fiar un vino.

Hablamos un par de minutos hasta que nos despedimos a la distancia con la mano alzada, se marchó derrotado. Y la verdad es que no le estaba mintiendo: la sed era implacable.

El dolor me llegó rápidamente al estómago. Beber esa mierda de Aperol te termina cociendo la guata. En los alrededores había un canal, un brazo del Mapocho que cruzaba la ciudad. No tardé en llegar a un pequeño puente, bordearlo saltándome la barrera y buscando un lugar –debajo de un gran sauce llorón–. La brisa agitaba el agua como en un extraño encanta-miento, me olvidé de que estaba en cuclillas cortando el mojón. A su vez, olvidé que no andaba con ningún tipo de papel; agité mis nalgas como haciendo un penoso twerk y me subí los pantalones.

Cuando me paré, mis necesidades habían cambiado. ¿Qué me impedía de explorar la ciudad a mis anchas ahora que nadie deambulaba, excepto otros que también buscaban sobrevivir a la oscuridad total? Terminé yendo hacia las líneas del tren, donde podía ver a algunos pararse en medio de la nada. La botillería cerca de la cárcel siempre estaba abierta, el lugar tenía una especie de aura de seguridad permanente: ni los reos ni los gendarmes tenían intenciones de que fuera tocada, era una botillería más que resguardada. Lo único que pude fiar regateando, fue una petaca de whisky. Ahora le debía luca, mientras en el mapa mental tachaba un nuevo lugar por el cual no podía volver a aparecer. Dos gendarmes me miran con asco, mientras los saludo con la mano en alto. Le doy unos cuantos sorbos a la petaca antes de empezar a caminar sobre las vías.

Hace unas semanas murió un borracho por aquí, con uno de sus amigos había tratado de atravesar las vías, pero por debajo de las ruedas; a él lo pilló cuando el tren comenzó a avanzar. Uno no piensa en esas cosas cuando estás con alcohol en el cuerpo, tus reflejos se vuelven dóciles, lentos y predecibles. El mismo cuerpo te lo advierte, pero uno siempre cede y la tendencia se desvía peligrosamente a ignorar todo. Quedó hecho plasticina sobre los rieles; aún quedaban unos manchones negros sobre los durmientes.

El tren no tardó en pasar. Deben haber sido las tres cuando ya casi me había terminado la petaca y la bocina espanta curaos’ se sintió re-sonar a lo largo de las vías. El tren aminoró la marcha hasta que se detuvo completamente, el vagón del conductor quedó a unos pocos metros más allá de donde yo estaba sentado. En esa pasada siempre se efectuaba todo tipo de microtráfico, por lo que las luces parpadeaban por largos periodos o simplemente no prendían, haciendo que fuera todo como un pasillo de Resident Evil, con la atmósfera ideal para que algo te atacara en medio de la oscuridad. El chofer aprovechó muy bien aquella soledad, escudriñando entre las esquinas de rocas y tierra para hacer lo mismo que yo había hecho cerca del canal.

Acabé el whisky de un largo sorbo y después guardé la botella, como un arma en el polerón, y caminé lentamente hasta el primer vagón. Al subir, no sabía muy bien qué hacer. Me miré las manos: los callos estaban manchados de aceite, oxido y grasa. Sapié por la ventana, mientras el chofer tenía la cara iluminada por el brillo de la pantalla del celular: aun cagaba.

Cuando comencé a manosear los controles, noté que el otro ingeniero estaba mirándome desde afuera, había salido a hacer el cambio de andenes. “Oe, oe… ¡bájate conchatumare!”, gritó temeroso mientras venía corriendo con la linterna en alto. El conductor escuchó los gritos de su compañero, cortando sus labores y subiéndose los pantalones sin antes, infundido por la sorpresa, pasarse a llevar el escroto con el cierre del pantalón; su grito fue agudo, casi como si lo hubieran apuñalado.

Mientras me bajaba, el chofer había reanudado la persecución, con los brazos adelante, dispuestos a tirarme sobre las piedras con tal de detenerme. La petaca voló en un ángulo perfecto y eso que nunca fui de tener buena puntería: le acerté en toda la frente, frenándolo en seco. El otro corría tras él, aun apuntando con la linterna, para ese entonces ya me había esfumado de la línea.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando volví al depa. En las redes sociales los videos muestran a los representantes de varios partidos políticos firmar una especie de contrato para una nueva constitución (ideada por ellos) en medio de una extensa reunión que los muestra cansados, en vivo y en directo, por primera vez en la vida: un acontecimiento único. Arrepentido de conectar-me, vuelvo a activar el modo avión.

Por más que miré el cursor parpadeante, las palabras no salían. Los tres gatos detrás de mí seguían ajenos a mi percance literario. Desde los marcados agujeros del sillón, uno se levanta y maúlla a un rincón del desorden polvoriento. Los gatos –una vez más– tenían la respuesta en sus ojos más oscuros que la noche, mucho más despiertos que cualquiera de nosotros. Veo una botella de vidrio, el contenido era como tinta china violácea con matices tenues: un vino cerrado refleja mi sonrisa sobre él. Con todas mis fuerzas, lancé la botella de Aperol hacia la oscuridad de la noche. El sonido del vidrio rompiéndose hace que los gatos paren las orejas, maúllen y vuelvan al sillón.

Les acaricio la barriga. Vuelven a dormir. Y yo, con ellos.